¿ARTE O VADALISMO?

Marco Negrón

Recientemente un joven activista por la ciudad publicaba en las redes sociales un artículo defendiendo el graffiti, específicamente el caraqueño, asimilándolo, no sin audacia, a la poesía según una definición de Octavio Paz: “un buen recurso para transgredir la monotonía y curar el insomnio”. Hay que empezar por decir, con la debida modestia, que la segunda parte de la definición octaviana no parece muy afortunada: debe darse por sobreentendido que se refería a la buena poesía, pero esta nunca ha producido sueño, al contrario, ayuda a la vigilia y hasta a distinguir lo real de lo falso en los brumosos tiempos que vivimos; pero además, si se le hace caso a la no menos autorizada opinión de Juan de Mairena, “el poeta se hace con el auxilio de los  dioses”. Y, lamentablemente, no parece que los graffiteros caraqueños hayan contado con esa ayuda, ni en la forma ni, menos aún, en el fondo. Aunque también vale al revés: ni en el fondo ni, menos aún, en la forma

Graffiti en Plaza Venezuela

Pero teniendo en cuenta la trayectoria del autor, puede suponerse en ese esfuerzo por ser irreverente una reacción de algún modo desesperada frente a lo que parece la indetenible decadencia de Caracas; quizá un intento de provocar a ver si alguien es capaz de presentarse con la solución milagrosa al galopante deterioro de nuestro espacio público. Pero cuesta separar esos graffitis supuestamente espontáneos de las mamarrachadas en que incurría la gestión de Juan Barreto (pirámide rosada de la autopista de Coche, mural del paso subterráneo de Plaza Venezuela), de las pintas “educativas” del SENIAT o del graffiti revolucionario del CDI de Chuao, para apenas mencionar unos pocos ejemplos. Para decirlo en pocas palabras: estos graffiteros tienen de artistas lo que de médicos los egresados del programa de Medicina Comunitaria Integral. La diferencia es que estos atenderán a quienes se atrevan a ir a su consulta, pero aquellos se atraviesan en el espacio público ‑es decir, en el espacio de todos- sin esperar permiso de nadie.

Es un error grave que personas sinceramente preocupadas por la ciudad le den argumentos, falaces como se vio, a quienes actúan como quien acostumbra orinar en medio de las plazas. Si la discusión se contamina con intentos trasnochados de épater les bourgeois como el comentado, la pelea estará perdida y se legitimarán las peores “barretadas”.

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