Fotografía urbana

Marco Negrón   /   (macking@cantv.net)

                Una de las consecuencias imprevistas del extravío que desde hace ya once años vive la sociedad venezolana ha sido el extraordinario esfuerzo que ella viene haciendo para repensarse a sí misma en aras de entender los orígenes del inusitado curso que ha tomado nuestra historia. Esfuerzo que ha derivado casi naturalmente en otra extraordinaria circunstancia: el notable auge de la actividad editorial privada en un contexto donde tendía a predominar la pública.

                En ese marco los temas referidos específicamente a la ciudad han ido ocupando ‑no podía ser de otra manera en la sociedad con el más alto índice de urbanización de América Latina- un espacio cada vez mayor. Y la vanguardia en ese campo corresponde sin lugar a dudas a la Fundación para la Cultura Urbana, que por lo demás no se ha limitado sólo a la producción editorial sino que también ha abierto espacios importantes para lo audiovisual, las conferencias, los talleres y los programas de formación, la promoción de la música urbana y de la literatura a través del original “Concurso Anual Transgenérico”. Para no hablar de la estimulante iniciativa de “100 ideas para…”, a través de la cual los ciudadanos comunes y hasta los niños han podido presentar sus ideas para mejorar nuestras ciudades.

                Dentro de ese singular esfuerzo, el año pasado cerró con un libro imprescindible, “Fotografía urbana venezolana 1850-2009”, que gracias a la curaduría de Vasco Szinetar y William Niño, ha puesto en manos del público una pequeña pero valiosísima parte de la colección que muy temprano iniciara Herman Sifontes y hoy mantiene la Fundación: 600 impactantes y reveladoras imágenes de un asombroso acervo de 100 mil. Dentro del amplio espectro que abarca este notable libro, y que va desde el álbum familiar al foto reportaje, interesa ahora destacar la sección intitulada “La construcción del paisaje metropolitano”: la transformación de las ciudades venezolanas ha sido tan vertiginosa que la fotografía se convierte en documento insustituible para recordar y a veces simplemente conocer cómo eran ellas hace apenas veinte o treinta años.

                Irónicamente, mientras la colección sale a la calle, sus patrocinantes han ido a dar con sus huesos, sin que se sepa muy bien por qué, a un calabozo. ¿Un signo más de los tiempos?

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